La meseta de Tejina

8 06 2010

Nada más llegar a casa me doy cuenta de que me falta algo. Lo más lógico hubiera sido aprovechar para descansar un poco pero las montañitas de al lado de casa me tienen inquieto. Los buenos momentos vuelven a ti por un olor, un sonido… En mi caso es un lugar. Creo que tenía 16 años cuando fui a la montaña a escalar, iba de vez en cuando. Luego cuando mis padres me lo prohibieron terminantemente  empecé a ir todos los fines de semana y no es que fuera bueno escalando pero es que hacer lo que me salía de los cojones sabía a gloria en lo alto de una montaña. Lo de fumarse un porro en la esquina es para rebeldes amateur (que gran palabra amateur).

A partir de ahí empezaron a sumarse amigos y con el tiempo se convirtió en un clásico. Barraquito en el Frangélico (bar de Tegueste a pie de la montaña) y venga para arriba con todos los trastos. Los trastos por supuesto eran todos de Luis (cuerdas, arneses, chapas, grigri, cintas express y más cosas que hacía que la mochila pesara un huevo) porque el profesional que había empezado todas esas peregrinaciones era él. Yo iba y escalaba pero me di cuenta rápido que de aquello no haría carrera. Daba igual, la cosa era subir hasta donde empezaban las vías (como a media hora de caminata suave más quince minutos de subida dura desde que dejabas el Frangélico), escalar un poco y luego echar la tarde, o la tarde y la noche cuando nos quedábamos a acampar. A base de acampadas nos hicimos unos profesionales del hornillo, los amigos de santa cruz me llamaban el chef cuando iba de acampada con ellos. La base siempre era el arroz (mítico arroz con plástico quemado cortesía de las bolsitas de arroz basmati de mi madre) o la pasta. Después se añadían salchichas, atún, maíz, tomate, mejillones, berberechos… Un clásico de las cenas el plato de arroz con todo, cortesía por supuesto del asalto previo a las neveras de las familias correspondientes. Gran descubrimiento posterior fue el hornillo linterna del que Luis tiene un recuerdo imborrable en su brazo de la noche que le quemé sin querer queriendo.  Otro gran punto a favor era que lo alto de todo no era un pico, sino una gran meseta donde una vez acabado el festín subíamos para montar las tiendas (la montaña se llamaba o la llamábamos la meseta de tejina). Una explanada como de un kilómetro de largo por unos doscientos metros de ancho donde acampábamos y campábamos haciendo el animal borrachos como cernícalos sin miedo a enriscarnos (gran palabra canaria que si tuviera que poner a lo peninsular sería algo como precipitarnos al vacío rebotando por las escarpadas laderas de una montaña). También llevábamos tambores y guitarras para completar el festival (sí, es buen momento para que recapitulen acerca de todas las cosas que podíamos llegar a subir sumándole además dos garrafas de agua). Aunque no siempre hacíamos el burro cuando íbamos borrachos, cuando además íbamos fumados podíamos pararnos a flipar con las vistas o tener la gran idea junto con Adal de arrastrar la caseta de Luis, con Luis dentro por supuesto, hasta el borde del risco.

Me pregunto como semejante panda de ineptos nunca se mató yendo a escalar. No lo logro adivinar aunque alguna vez estuvimos cerca. Del Top 3 de esas veces me incluyo en la número tres, aunque toda la culpa es de Luis por dejarnos solos. Fue la vez en que me hice un lío chapando y tenía como 7 metros de cuerda libre estando a 5 metros del suelo. La número 2  fue cuando estaba asegurando a Yeray, tenía el grigri al revés y sólo nos dimos cuenta cuando llegó hasta el final de la vía, a unos 10 metros de altura (el grigri es un asegurador que bien puesto bloquea la cuerda cuando cae el que escala y cuando está mal puesto permite que el escala se estampe con toda tranquilidad contra el suelo). Y la número uno, de la que ahora nos podemos reír con tranquilidad, fue cuando Luis se partió el culo y tuvo que sentarse tres semanas sobre un flotador. Sólo diré que nos estábamos picando a ver quien rapelaba más rápido. Todas estas cosas hicieron que le cogiera un amor tremendo a la meseta. Tanto como para que me pasara las últimas cuatro noches antes de venirme por primera vez a Barcelona acampando allá arriba. Tanto como para a la vuelta de una noche de fiesta en vez de irme a casa, tomar camino hacia la meseta (me di la vuelta otra vez al llegar al Frangelico porque habían unos perros que me daban miedo). Tanto como para cada vez que vuelvo en avión pida asiento a la derecha porque es el lado donde se ve la montaña al aterrizar.

Aunque en los primeros años de universidad seguíamos yendo, poco a poco le fuimos perdiendo la pista a Luis y no es que no me fíe de la profesionalidad de Adal montando vías, pero creo que la grandeza de ir a escalar era despreocuparse de todo, montarse un bocadillo de sardinas en tomate con cebolla, liarse un porrito a pie de vía y empezar a escalar con la calma dejando tranquilamente toda responsabilidad en manos de un profesional (Luis). Acordarme de estas cosas y más (cortar a machetazos caña de azúcar para comérnosla, los documentales de lagartos a mediodía de resaca, Adal ignorándonos cuando estaba rayado porque le había dejado la novia…) hizo que hace un par de días me fuera a andar solo, como anciano enajenado, por la mesa Mota para arriba (Guille tu perro sigue en plena forma). Y no es que la Mesa Mota esté cerca de la meseta pero es que gracias al google earth descubrí que una vez arriba se ve algo grandioso.

Algo que (parafraseando y adaptando el discurso Don Drapper en el final de la primera temporada de Mad Men) hace que me invada la nostalgia, como el dolor de una vieja herida, un dolor de corazón, mucho más intenso que un recuerdo. Esta montaña, no es una montaña. Es una máquina del tiempo. Va hacia atrás y hacia adelante. No se llama la meseta, se llama el carrusel. Nos lleva al momento al que deseamos regresar. Nos permite viajar como lo hace un niño. Dar vueltas y vueltas y volver a casa. El lugar donde nos sentimos vivos.

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4 responses

8 06 2010
arpia49

Grande Crive, muy grande. Me he reído mucho y muy alto mientras lo leía 😉

Que recuerdos (y que fotaza al final) más buenos 🙂 no creo que dejemos nunca de ir, porque no hace falta que estemos allí.

8 06 2010
Ivan

Sin ser por un par de faltas de ortografías considerablemente graves, sublime. Un abrazo trompi.

9 06 2010
Alejandro

Exagerado con las faltas. Tampoco era para tanto. Fueron un par de faltas leves que no llegaban ni a tarjeta amarilla.

16 08 2010
Luiso

¡¿Qué pasa chaval?! Me acabo de enterar que ahora eres como Antonio Gala! Qué momentos aquellos, me han llegado al alma y dilo, que aun guardo en el corazón aquella del camping-luz. ¡Ya te la cobraré! Por cierto! Aun tengo las cuerdas y el material así que cuando quieras repetimos!! Pues eso, niño… te estoy esperando!!!!

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